Lucas vivió su metafórico destierro como una reedición de su orfandad. Primero fue su madre la que partió sin avisar –nunca conoció al hombre que luego de una cópula más bien desganada, había contribuido a su concepción: Un error desde el origen mismo, por donde se lo mirase-. Desde su primer atisbo de conciencia como vampiro sopesó la idea de usar su poder para encontrar a aquel cretino y explicarle de qué se trataba la vida, de que los actos tenían consecuencias y que no se puede huir para siempre. No había urgencias. Ya llegaría a esa hoja del libro.
Había indulgencia sin embargo para con ella. Había hecho lo posible para darle lo que necesitaba. Madre en los albores de su post adolescencia, fue carne de una rebeldía a la que su personalidad moldeada en el confort de la clase media palermitana no había podido seguir el ritmo. Su creciente adicción a las drogas la dejaba fuera de concurso la mayor parte del tiempo. El autismo de Lucas generaba en su entorno la falsa sensación de que no percibía lo que pasaba a su alrededor. Un error doloroso con dos víctimas (fatales?). Pocos son capaces de abonar un amor no correspondido, de invertir en él. Pero el más trágico de los desencuentros es acunar un cariño desbordante, inmenso e intenso, y no saber cómo proyectarlo, cómo sacarlo fuera y convertirlo en ofrenda. Lucas, niño o vampiro, jamás fue capaz de un “…Te amo, mamá…”Aún si su desconexión con el mundo se hubiera tomado un hipotético respiro y le hubiese permitido dirigirse a su madre mirándola a los ojos, probablemente ella hubiera estado demasiado drogada como para disfrutarlo. O siquiera comprenderlo.
En la siguiente etapa de su vida, esa que lo sorprendía desgarrando cuellos humanos y durmiendo en un hueco durante el día, no podría decirle a su madre todo lo que la amaba. Era el ridículo planteo de una de las tantas bromas a las que el destino parecía afecto: cuando Lucas se sentía vivo como nunca lo había estado, ella estaba inexorablemente muerta.
En el momento que Dante irrumpió en la casilla del peruano, Lucas supo que todo cambiaría. Cuando lo rescató de las garras de una muerte miserable, una avalancha de cruda comprensión lo azotó sin miramientos. Aquel Señor vampiro había hecho mucho más que volverlo a la vida –una vida algo diferente, por cierto-. Había encendido la luz en su cerebro, que ardía con brillo creciente, su multiplicaba, latía. Se reproducía.
Respetaba a Dante. Sentía esa conexión filial que el misterioso libro del vampiro describía con tanta claridad. Su mente se había llenado de voces. Una pincelada de demencia que sin embargo se sentía agradable. Cuando logró poner negro sobre blanco, ordenar ese caos había sido tarea sencilla. Se dio cuenta que lo que Dante le había otorgado era un don maravilloso y se sintió superior al niño autista que había quedado atrás. Tuvo conciencia de su poder mucho antes que Dante al ser convertido por el Vizconde. Al probar la sangre por primera vez –no la sangre almacenada, rancia y apagada que la zorra de Astrid le ofreció con fingida afectación, sino aquella plena de vida que brotaba de una aorta desgarrada- nació su desprecio por los humanos. Raza débil. Mero alimento…
Dante leía sus pensamientos con una facilidad llamativa. Lucas intentaba levantar murallas para impedirlo, pero estas caían sin remedio. Su creador reía y él lo odiaba por eso. Pero más allá de los juegos, una etapa más de su entrenamiento, a Dante no le gustaba lo que percibía en el niño.
-No tenés que olvidarte de tu origen, Lucas. Un vampiro siempre será humano en algún lugar de su ser. No reniegues de ello. Para qué observar el mundo con un ojo si podés hacerlo con ambos?
Y el niño respondía:
-Acaso los humanos sienten ese respeto por otros mamíferos? Por los primates, de los que son una evolución? Por las vacas de las que se alimentan? Te respeto, Dante. Pero prefiero confiar en mi instinto, si no te importa.
Era increíble lo rápido que mutaba su inteligencia. Pocos meses antes, con sus piernitas delgadas y su cara sucia, incapaz de pronunciar palabra y ahora, con la osadía de trenzarse en un debate filosófico con un vampiro de doscientos años. Dante no lo tomaba en serio. Estaba seguro de que al final lograría imponer su perspectiva. Salvarlo de su muerte segura había sido un acto de amor. Un momento en la eternidad en el que la humanidad se abrió paso y prevaleció por sobre la arrogancia de los inmortales. Lucas, tarde o temprano, comprendería.
También estaba el asunto de Astrid. La lujuria de un hombre en el cuerpo de un niño resulta ser una alquimia insidiosa. La pulsión sexual habita en la sangre de los vampiros como las lágrimas en los ojos de las mujeres. Irremediablemente, Lucas deseaba a Astrid, pero la maldita lo veía como un lactante.
Lucas la miraba deseando sus pechos, su boca, su sexo, mientras ella doblaba los pantaloncitos recién planchados del chico, su remera celeste. Lustraba sus zapatos talle 34 con cuidado maternal y pensaba “…Hoy le voy a comprar unas zapatillitas que vi por Santa Fe…”. Lucas hurgaba en su cerebro y se indignaba ante ese estúpido sentimiento edulcorado. Comenzó a odiarla en silencio como un novio despechado. Y mucho más desde el instante en que percibió que ella, en secreto e intentando matar esa emoción con todas sus fuerzas –podía sentirlo-, estaba enamorada de Dante.
Se habían confabulado y lo habían echado a la calle como a un perro con el pretexto de la muerte de aquella niña a la que ni conocían. Ahora –sin él en la casa- podrían revolcarse como perros en celo. El podría demostrarle cuán viril era y ella disfrutaría como la puta que siempre había sido. Mientras caminaba solo en medio de la noche por las veredas exclusivas de Puerto Madero, vestido aún con su pijama –la situación en casa de Dante no dio para que dijera “…ya me voy, pero déjenme cambiarme primero…”- su furia crecía exponencialmente. Al fin y al cabo, no los necesitaba. Era un vampiro. Un Dios, prácticamente. Sus ojos comenzaron a ganar un tono amarillento. Debía controlarse. Vinieron a su cabeza las palabras de su mentor: “…debes pasar desapercibido. Un vampiro es fuerte en la noche, pero el día lo vuelve vulnerable. Aprenderás a convivir con esa paradoja…”
En medio de su deambular errante un impulso visceral, tal vez el más antiguo de todos, dijo presente: Estaba hambriento.
Puedo imaginar lo que sigue (no lo del apetito de sangre precisamente) pero siempre son preferibles tus palabras. Así que mas que nunca, espero.
ResponderSuprimirMe quedé pensando...vos decís que necesito terapia???
jaja no dudo que veas por dónde viene. Es una combinación: yo soy demasiado previsible y vos le ponés el supositorio a un àguila en vuelo...
ResponderSuprimirSobre la terapia, leer lo que yo escribo es una terapia en si misma! Naah! Mentira. Manoteá la cartilla y de paso pedí un turno para mí.
Beso!
Jajjajaj, pobre galeno...vamos a hacer que se replantee la seriedad de su título...
ResponderSuprimir"La pulsión sexual habita en la sangre de los vampiros como las lágrimas en los ojos de las mujeres."
ResponderSuprimirAhhhhhh,bué,no pudiste ser un poco más sutil,no???
jajajajajajajajajajaja
P.D.:Si el pendejo calza 34,ya se puede montar a tod@s los trabas de todo Palermo,en fila... :P
jua juaaa juaaa juaa
BESITOS MASTER
34 de zapatito!
ResponderSuprimirQue mente repodrida!
Ja!