La calle sobre la que trabajaban los travestis contaba con un boulevard generosamente arbolado que separaba ambas manos de circulación. La iluminación artificial era deficiente de por sí, pero considerando que la oscuridad era el medio ambiente en el que mejor se movían, las chicas habían destruido a pedradas algunos faroles estratégicos. Sobre el boulevard, entre los árboles frondosos, era una boca de lobo. Los travestis utilizaban ese sector como baño, para descansar o incluso para “atender” a algún cliente que se aventurara a acercarse a pie hasta allí, algo que claramente no era una buena idea.
La rubia exuberante, de pechos rellenos con silicona industrial al igual que sus labios más ridículos que sensuales, no había tenido una buena noche. Vestía unos shorts de cuero de imitación dos talles por debajo de lo que el buen gusto indicaría, unas botas negras por encima de la rodilla y una campera de jean azul, que llevaba desabotonada para que sus encantos más notorios lucieran con todo su esplendor. Ningún cliente en cuatro horas. Un par de veces la habían llamado con señas desde los autos, pero al acercarse sólo se trataba de jóvenes borrachos que sólo pretendían burlarse de ella. Nada que no fuera moneda corriente cada noche. Ya no era joven, ni flaca. Su cuarto de hora, su momento de gloria (modesto, mezquino e infinitamente triste) había quedado atrás.
Estaba cansada. Las botas le apretaban, provocando que sus pies latieran como corazones jóvenes. Decidió que era momento para tomarse un respiro. Abandonó la vereda y subió al boulevard. Casi de inmediato los árboles la devoraron y su silueta dibujada bajo la luz mortecina de la única columna en cien metros, se transformó en un recuerdo vago.
Con un gruñido de alivio se quitó las botas y las arrojó a un costado con desinterés. Ya descalza, movió los dedos con pereza para desentumecerlos. Aflojó su short y lo deslizó hacia abajo hasta la mitad de sus muslos. No llevaba ropa interior. En su trabajo, ese tipo de prendas no eran más que una molestia. Se acercó hasta un árbol cercano y se encaró con su grueso tronco. Comenzó a orinar de pie, entrecerrando los ojos con evidente alivio. El orín resbaló generosamente por el tronco y empezó a alimentar un charco en el suelo. La rubia se mojaba los pies con su propio pis, pero pareció no importarle, ya que no se movió ni un centímetro de su posición. Sacudió su pene de buen tamaño un par de veces y volvió a acomodar sus prendas, con excepción de las botas. Antes de volver a salir al mercado, quería sentarse unos minutos en aquella zona de penumbra y descansar el cuerpo. Tal vez al renovar la energía podría encarar el resto de la noche con una perspectiva algo más optimista.
Buscó un árbol que pudiera oficiar de respaldo sólido, previo asegurarse que ninguna de las chicas (como ella había hecho segundos antes) lo hubiera utilizado para orinar. También chequeó al tanteo, ya que la oscuridad no permitía otra cosa, que no hubiera preservativos usados en el suelo. Se sentó, y sintió que cada célula de su cuerpo se lo agradecía. Tomó un cigarrillo del paquete ajado de Marlboro que llevaba en el bolsillo de su campera de jean. Lo encendió y aspiró una larga bocanada de humo que contribuyó al sosiego de su pausa.
Fue en ese momento cuando vio algo que le llamó la atención. En un árbol situado justo frente al de ella, a unos diez metros, un niño estaba sentado en idéntica posición: La espalda contra el tronco, las rodillas flexionadas y los antebrazos apoyados sobre ellas. Se lo veía extrañamente sereno, y la miraba como ella él (acaso estaba en pijama?)
No podía entender lo que estaba viendo. Algunas veces los chicos de la calle se acercaban hasta allí, como si la marginalidad tendiera a aglutinarse, pero la actitud de aquellos era bien diferente. Eran agresivos, desconfiados o bien sólo buscaban distraerse de sus desventuras en noches que para ellos eran más largas que para otros. Este chico tenía algo raro. “…Raro mal…”, pensó.
Con cierta dificultad se puso de pie y aún sin calzarse las botas, se acercó a Lucas.
"...en noches que para ellos eran más largas que para otros."
ResponderSuprimirEsas cosas, entre muchas otras, son las que me hacen volver.
Casi sin proponérmelo, mis vampiros coquetearon durante toda la trama con lo marginal, con el submundo de las urbes.
ResponderSuprimirLa explicación vendría por el lado de que todo sigue su curso casi con naturalidad cuando algún habitante de ese contexto desaparece, ya sea por ajustes de cuentas, liquidados por el vicio o la miseria, o bien atacados por un vampiro, como propone esta fantasía.
Que vuelvas es suficiente para mí. No importan los motivos.
Beso!
Gracias! Si te hace sentir bien saberme interesada, sabé que me pasa igual pero multiplicado por...ocho, ponele... je!
ResponderSuprimirYo creo que Sidney Sheldon, Stephen King y Dan Brown deben estar revolcándose de envidia en sus colchones de dólares.
ResponderSuprimirDifícilmente tengan lectoras tan leales, seguidoras y desinteresadas como yo.
Beso y gracias mil!
Leal y seguidora, seguro...
ResponderSuprimir¡¡CÓMO DETESTO A ESE PENDEJITOOOOOOOOO DEL ORTOOOOO!!!!!
ResponderSuprimirDigo yo,no podrías haber fantaseado con más poderes sobre la mente telepática de DANTE,como por ejemplo que sepa lo que el pibe planea hacer a cada paso... ¬¬?
P.D.:Noup,no da,no?? O sep!!!! Tarde para pensarlo,creo... O_o
BESOSOS
Se hace odiar el guacho. Te va a encantar el final que tengo pensado para él!
ResponderSuprimirBexo