lunes, 28 de mayo de 2012

80- Cena con velas


Era un caserón de estilo colonial en la parte más antigua de San Telmo, allí donde coquetea con Barracas y sus fábricas, esas que al caer la noche se convierten en mausoleos desangelados. Un portón automático se rebatió lentamente y Astrid condujo el vehículo hasta el corazón del terreno: un patio semicircular con dársenas para estacionar en su perímetro. Sólo había dos o tres autos, invariablemente importados y de alta gama. Abrió la puerta del auto y antes de que apoyara sus zapatos nuevos sobre los adoquines húmedos, un hombre anciano de impecable traje oscuro y sonrisa clara, se aproximó servicial.

-Permítame ayudarla, Señora –extendió su mano y sostuvo la de ella hasta que hubo de incorporarse por completo. Luego cerró la puerta del auto con delicadeza-. El Señor Dante la aguarda. Sígame, por favor.

Astrid agradeció con indisimulable timidez. No estaba acostumbrada a tanta ceremonia y se sentía extraña. Caminó detrás del anfitrión rogando no caerse de aquellos tacos: Desplazarse sobre ellos suponía para ella poco menos que una acrobacia. La iluminación de la mansión era más bien mortecina, pero se trataba de un efecto intencional que intentaba con éxito reproducir una época en que lámparas de aceite o los clásicos candelabros eran el único recurso disponible.

El recorrido se le antojó algo extenso a Astrid, ya que incluyó varios pasillos y una escalera de mármol de dos tramos que los llevó a la planta alta de la construcción. Una nueva odisea para sus zapatos tan pretenciosos como disfuncionales. Finalmente, aquel hombre amable se detuvo frente a una impresionante puerta de ébano tallada en relieves superpuestos. Una obra de arte parida por manos hábiles y antiguas, en un contexto en el que cada objeto lo era. El anciano accionó el picaporte y le franqueó el acceso.

-Adelante, Señora.-dijo el hombre, y una vez que Astrid avanzó, cerró la puerta detrás de su humanidad rojo fuego, dejándola a merced de una gran sala cuya inmensidad  pareció devorarla. En otros tiempos, pudo tratarse tranquilamente de un salón de baile.

El lento “clip-clap” de los tacos reverberaba en aquel estruendoso silencio. De pronto, una voz conocida irrumpió en su cabeza.

“…Por aquí…”

Astrid aguzó la vista y la dirigió por instinto hacia el rincón más alejado del salón, una mesa redonda, mantel negro, coronada por un candelabro de tres velas. Prácticamente confundido con el entorno, Dante estaba sentado en un cono de sombra, de espaldas al ángulo que formaban las dos paredes y casi rozando los cortinados con uno de sus hombros. Vestía uno de sus trajes negros, esos que tantas veces ella había acondicionado con esmero. Se acercó sn saber bien qué esperar. Cuando estuvo a centímetros de la posición de su Señor, se detuvo. Los pies juntos, como una colegiala frente al director de la escuela. Una sonrisa sin dientes, buscando una aprobación que no tardaría en llegar.

-Estás espléndida, Astrid. Sentate, por favor.

Dante no se puso de pie para correrle la silla. No fue por descortesía. Estaba esforzándose por encajar en un rol al que no estaba acostumbrado y no le estaba resultando sencillo. Aquella noche todo sería ensayo y error, pero aún así el vampiro  confiaba en que todo llegaría a buen término.

Ni bien Astrid ocupó su lugar, un mozo apareció de la nada y puso por delante de ella un suculento plato de lo que parecía ser langosta o algo similar. En su copa, vino blanco. Astrid agradeció con una inclinación de cabeza. Dante bebía agua fría en una elegante copa de cristal.

-Me tomé la libertad de elegir por vos. Es centolla chilena. Un manjar. Eso dicen, al menos.

-Gracias, mi Señor.

Ella comenzó a comer sin levantar sus ojos del plato. Sólo un par de bocados, de momento. Tampoco tocó su copa. No creía que el alcohol fuera a ayudar en una situación como aquella. Estaba nerviosa. Sentía que su corazón era una coctelera sin control y se esforzaba por evitar que eso resultara evidente. De todos modos sabía que su intento estaba condenado al fracaso: Era lo que sucedía cuando se tenía enfrente a un ser capaz de recorrer las mentes ajenas como si se tratara de dar un paseo en una tarde soleada.

-Astrid, no tenés por qué preocuparte. Esta invitación no tiene que ver con algo malo. Todo lo contrario.

Entonces introdujo su mano muy blanca en el bolsillo interior de su saco y con gesto reverente apoyó una pequeña caja forrada de terciopelo rojo sobre el mantel. Luego, con la punta de sus dedos, la deslizó hacia la chica unos pocos centímetros.

-Qué es esto, Dante? –preguntó ella más asustada que sorprendida.

El Señor vampiro sonrió con un dejo de vaga tristeza.

-Esto, querida mía, es un nuevo comienzo.          



    

viernes, 18 de mayo de 2012

79- Cita en rojo


Luego de recorrer con sus ojos la prolija hilera de coches de lujo, eligió el Audi. Un instante después, conducía con alguna dificultad a causa de su vestido ajustadísimo, rojo como la sangre, al igual que sus labios sugerentes. Estaba espléndida, sacando partido de su belleza poco común. Aquella tarde noche no había visto a Dante. Su habitación estaba ordenada hasta la obsesión. La cama tendida. Las pesadas cortinas ciegas y sordas. Al parecer, había salido temprano. Era un mandamiento para ella no entrometerse en las actividades de Dante. Sería inútil, además de insolente, pretender indagar en qué ocupa su tiempo un ser inmortal con poderes sobrenaturales. Hasta pensarlo sonaba absurdo. Ella debía limitarse a asistirlo, a hacerle las cosas sencillas proporcionándole una logística particular. Desde su nacimiento había sido monitor de un vampiro varias veces centenario. No conocía otra cosa, por lo que aquella vida demente le parecía absolutamente normal.

Con paciencia y dedicación, Dante había sido su maestro en todo sentido. Su instrucción intensiva incluía saberes más profundos y articulados que los adquiridos en cualquier universidad. Los poderes del vampiro convertían el proceso en una experiencia única.  Maestro y alumna se sentaban uno frente al otro, en silencio. Una vez establecida la conexión psíquica, la clase comenzaba. Era como si Dante escribiese sobre una hoja en blanco: Casi sin percatarse de ello, Astrid incorporaba conocimientos como una esponja.

A los quince años, la chica ya manejaba las inversiones de Dante a través de Internet. Bienes raíces, acciones, divisas, oro. Astrid lo tomaba como un juego. El dinero no suponía un problema para un vampiro, pero si así fuera, aquella jovencita lo hubiera solucionado en un tris. Los beneficios se multiplicaban geométricamente día a día merced a su gestión. Esperaba ansiosa que Dante despertara para contarle, plena de entusiasmo, las complicadas triangulaciones que había hecho, las ganancias que había obtenido y lo fácil que le había resultado. Su amo sonreía. La excitación de Astrid le parecía sumamente tierna. A pesar de lo peculiar de su situación, no dejaba de ser una niña.

Hasta que un día dejó de serlo…

“…Te dejé algunas cosas en tu habitación. Me halagaría que las uses. Te espero a las diez …”

Era la tarjeta de un restaurante obscenamente caro y exclusivo lo que descansaba en el centro de su escritorio de trabajo, como un escarabajo en un plato de sal. La inscripción, en el inconfundible puño y letra artificioso de Dante, ocupaba el reverso a lo largo y a lo ancho. Firme. Pleno de autoridad viril.

Astrid frunció el ceño entre complacida y desorientada. Era la primera vez que Dante la invitaba a compartir una actividad fuera de casa. Algo estaba sucediendo. Algo especial, distinto. No estaba segura de poder lidiar con ello, pero no titubeó en tomar su decisión: Se dejaría llevar.

Caminó hasta su cuarto y vio el vestido, prolijamente extendido sobre la cama. Rojo intenso. Ajustado. El corte dejaba su espalda al descubierto. A un lado, una caja redonda y muy elegante. Eran zapatos de tacos altísimos (podría ella caminar sobre ellos sin quebrarse un tobillo? Misma noche. Nuevo desafío). Finalmente, sobre la mesa de noche, un estuche de terciopelo negro que al abrirlo reveló el brillo cegador de una gargantilla de brillantes y un par de aros completando el juego. Al parecer, Dante había estado de compras y demostraba tener un gusto excelente, refinado por el paso de los (muchos) años. Astrid estaba excitada. Las cosas se habían puesto raras en los últimos días. Raras de un modo enigmático, casi agradable, pero estaba explorando terreno desconocido y eso convertía su corazón en un tambor batiente. Cuando terminó de arreglarse, no se reconoció en la imagen que el espejo le devolvía. Aún sin un peinado de peluquería –A pesar de su evidente esfuerzo por no descuidar detalle alguno, Dante no había previsto el tema del cabello. A fin de cuentas, vampiro o no, era un hombre-. Solucionó la cuestión con practicidad femenina: un rodete sobre la cabeza, que dejaba a la vista su cuello largo y sensual, indefenso ante el resplandor hipnótico de esos aros de varios miles.

Así, vestida para matar, Astrid sintió que iba por todo.

La noche (la vida) tendría aún unas cuantas sorpresas para ella. 

martes, 1 de mayo de 2012

78- Karina


Gaspar empujó con elegancia las dos hojas de la puerta del salón, que cedieron suavemente. Avanzó, seguido de cerca por un Lucas entusiasmado y curioso. La habitación contigua al salón de la pecera era un lujoso dormitorio, poblado –aunque no atiborrado- por muebles antiguos y seguramente costosos. La estancia era agradable, y el olor a madera antigua le confería un aura particular. Sin embargo había algo que no estaba bien allí. Era como entrar al pasado de repente, pero no por un portal dorado, sino por un ventanuco irregular de bordes afilados. El cuarto alimentaba el inexplicable deseo de huir. El dueño de casa, probablemente el padre de esa sensación, habló con parsimonia.

-Hermosa, él es Lucas…

La joven estaba arrodillada en la cama king size cubierta por un puntual acolchado de raso negro. A su lado, un balde de plata ligeramente inclinado a causa de su inestable apoyo sobre el colchón, dejaba ver el pico de una botella de champagne. Una copa llena a medias coronaba la mano derecha de la chica, que combinaba manicura cara y bijouterie de oferta. Sonreía, haciendo equilibrio sobre la cornisa de la ebriedad. Aquel millonario de largo cabello rubio que había conocido por casualidad en la discoteca era algo especial. Al principio no la había impresionado demasiado. Tenía un aura formal que parecía oler a naftalina, y eso la aburría. Pero misteriosamente fue sintiendo que él entraba en su mente, seduciéndola, fascinándola. Era imposible que aquel hombre se hiciera escuchar en su cabeza sin articular palabra. No entendía qué le pasaba –sería el alcohol?-, pero decidió hacer lo más simple: Se dejó llevar. Ahora estaba allí, en su casa. Se sentía a gusto, aunque había algo extraño que no podía definir. Pronto iba a descubrir muchas cosas, aunque a veces la ignorancia puede ser  una piadosa protección.     

-Qué…qué lindo! Es tu hijo? –la chica preguntó por preguntar. No terminaba de comprender la situación. Estaba confusa, aunque aquella cama era tan cómoda!

-Cómo era tu nombre?- Repreguntó Gaspar.

-Karina…-dijo ella con timidez. No debía tener más de veinte años.

-Karina –repitió el Señor vampiro con tono asertivo-. Bonito nombre, no es cierto Lucas?

El niño asintió sonriendo. Había comprendido el juego que estaba proponiendo Gaspar. Y le gustaba. El vampiro continuó.

-De hecho Lucas no es mi hijo, pero es como si lo fuera. Soy, podríamos decir, su tutor.

-Es muy tierno –dijo ella-. Hola, Lucas!

Lucas no respondió el saludo y dirigió la vista a Gaspar.

-No lo sabe, no?

-No. Ni lo sospecha. Y eso es lo que vuelve todo esto tan interesante.

Karina miró a Gaspar. Luego a Lucas. Eran ojos en busca de respuestas concretas que sólo recibían indicios vagos. Y todos esos indicios eran malos.

-No entiendo. Qué es lo que no sé? Si…Si es un mal momento no importa…me pido un remis…te llamo…me llamás…-Su sexto sentido, la tan mentada “intuición femenina”, había comenzado a hacer lo suyo. Demasiado tarde.

-No, Karina. Quedate. Es importante. Lucas tiene que aprender algunas cosas y vos lo vas a ayudar.

-Qué? Algo del colegio?...No hay problema…traé los cuadernos…y lo vemos –Ella se movió con brusquedad y el balde de champagne se volcó sobre la cama. Karina sollozaba aterrada. Todavía no sabía por qué, pero lo estaba.

Gaspar la ignoró y le habló a Lucas.

-Ni una gota sobre la alfombra. Tenés que ser prolijo. Sólo las arterias principales. Estás listo?

-Listo como nunca antes, Gaspar.

-Señor…-corrigió Gaspar.

-Qué cosa? –Lucas, excitado por la situación, no podía concentrarse en otra cosa. Karina mientras tanto, chillaba como un cerdo mientras corría hacia la puerta e intentaba abrirla sin éxito. Arañó la madera hasta perder tres de sus uñas, completas. Los vampiros, enfrascados en su pequeña conversación, no le prestaron atención. No iba a ir a ninguna parte.

-Que te dirijas a mí como “Señor”. Creo que me lo gané.

El niño vio el brillo amarillento crecer en los ojos de Gaspar y comprendió su propia insolencia.

-Con tu permiso, mi Señor. –Ensayó una reverencia que lejos estuvo de ser irónica, aunque lució ridícula en ese contexto.

Gaspar sonrió complacido.

-Es toda tuya.

Entonces el niño mutó en aquel demonio de colmillos afilados y garras jóvenes que se abalanzó sobre su regalo.

Y lo disfrutó con deleite.

viernes, 27 de abril de 2012

77- Como un hijo

La gran pecera de vidrio era un faro que brillaba con luz propia en el centro de la habitación. Todas las luces estaban apagadas, por lo que el reflejo fluorescente sobre el que se deslizaba con pereza aquella multitud de peces coloridos ejercía un efecto sedante, casi hipnótico. En las entrañas de la moderna mansión de Gaspar, Lucas observaba la burda imitación del lecho marino con gesto aburrido. Inmóvil.

De pronto, tres pequeños peces de color negro que nadaban en grupo comenzaron a hacerlo a mayor velocidad. Dos de ellos embestían el vidrio de la pecera una y otra vez, intentando una huida imposible. El tercero buscaba abrirse paso entre el pedregullo del piso, perdiendo una de sus aletas en la faena. La excitación de los pececitos pareció aquietarse de repente, y los tres conformaron un triángulo prolijo frente a los ojos de Lucas, cristal de por medio.

El niño vampiro parpadeó ligeramente. Como si hubiesen recibido una señal, los tres peces negros salieron disparados hacia un objetivo determinado: Un Carassius no muy grande de un naranja furioso, que buscaba indiferente partículas de alimento en un vértice de la pecera.    

Los pececitos se transformaron en tres dardos negros que impactaban una y otra vez contra el cuerpo de su presa, indefensa a pesar de su envergadura superior. El Carassius comenzó a perder escamas mientras el agua se volvía turbia hasta confundir las acciones en un burbujeo grisáceo. Uno de sus ojos desapareció en ese fragor y la boca era un fuelle que poco a poco resignaba energía. Finalmente, la desafortunada presa comenzó a decantar con lentitud hasta quedar inmóvil en el fondo. Casi de inmediato, los tres peces negros estallaron en el lugar en un silencio garantizado por el medio líquido en el que se habían desarrollado sus miserables vidas.

Lucas, el titiritero de aquella microscópica batalla, enarcó sus comisuras dando lugar a una sonrisa opaca.

-Sabés que con los humanos es mucho más difícil, no?

Gaspar apareció misteriosamente en la sala. Lucas odiaba eso. No poder presentir al vampiro, adivinarlo con su mente, olerlo siquiera. Su poder crecía poco a poco, pero era intermitente. Debía concentrarse para que sus dones funcionaran y las más de las veces, quedaba agotado durante horas.

-No tanto. Creeme que me las arreglo bastante bien…

Gaspar echó a reír festejando el comentario arrogante de Lucas. Le caía bien el chico. Más allá de no perder de vista su objetivo original, disfrutaba de su compañía. Era inteligente y práctico, pero esa suerte de perfidia latente que anidaba en su corazón era lo que lo hacía único. Un predador innato.

Caminó lentamente hasta donde estaba el chico. Una vez a su lado, acercó su rostro al cristal de la pecera. El instinto de los peces activó alguna especie de alarma y de pronto el agua era un hervidero multicolor que se desplazaba frenéticamente en todas las direcciones, huyendo hacia ningún lado. Gaspar levantó una mano y golpeó el vidrio con aire ausente, utilizando la uña amarillenta de su índice derecho. Sin mirarlo, se dirigió a Lucas.

-Vení conmigo. Tengo un regalo para vos.

-Un regalo? Qué es? –el chico no ocultó su entusiasmo. Era un vampiro, había quemado etapas de su desarrollo, pero en algún recóndito sitio de su psiquis seguía teniendo siete años. Una cruel ironía: La ponzoña que venía incluida en el paquete cerrado de la inmortalidad.

-Es una sorpresa.

Los ojos de Lucas brillaban de ansiedad. Y Gaspar no lo iba a defraudar.


         


miércoles, 4 de abril de 2012

76- Una taza de café

Se dirigió a ella en tono fuerte y claro, sin apelar a artilugios psíquicos. Aquella charla era de las que importan, de las que dejan huellas en sus protagonistas y los condicionan tal vez de por vida. Hitos en una línea de tiempo que en el caso de Dante relativizaban su relieve al perderse en un mar de momentos. Se tiende a valorar lo que es escaso y a despreciar lo que abunda. Es una pauta de conducta humana de la que los vampiros parecen no estar exentos.

De todos modos, aún en el contexto de su deriva por el océano de la eternidad, el Señor vampiro estaba tenso como un adolescente en su primera cita. Ocultó ese sentir tras un parapeto de fingida severidad y sintió una profunda ternura al percibir la vergüenza que Astrid había arrastrado desde su cama hasta la cocina, en un derrotero que debió haber sentido como una larga y sufrida peregrinación por un yermo hostil. 


Había disfrutado del impulso de Astrid tanto como ella. Había estado despierto en todo momento, sintiendo la ansiedad, la fragilidad de su Monitor. El fingirse dormido había aportado a la situación una dosis de travesura (voyeurismo?). De ella emanaba un calor dulce y acogedor que nacía más allá de su piel. Sentir el contacto de aquel cuerpo femenino lo había reconectado de algún modo con su añorada humanidad, de la que nunca había renegado. Dante estaba convencido de que si Dios o el Diablo se le presentaran para ofrecerle volver el tiempo atrás, firmaría sin dudar con su propia sangre renegrida. Era un sueño recurrente: Volvía a aquel muelle en 1809 y procuraba ocultarse, mantenerse alejado de ese Noble de aspecto distinguido y su criado. En determinado momento, el Vizconde lo miraba con sus ojos amarillos dándole a entender que era inútil esconderse y sonreía, sin maldad alguna. Era un gesto que decía "...Tranquilo. Todo está bien..." Finalmente, Dante veía cómo el navío zarpaba hacia Europa llevando en sus entrañas a aquella abominación de ropajes lujosos mientras él, seguro en la orilla, lo veía alejarse hasta que se convertía en un punto borroso.

-Entendés por qué no puede ser, no?

Lentamente, Astrid levantó la vista del café que no había tocado. Sus ojos celestes estaban vidriosos, merced a las compuertas invisibles construidas con ahínco para no permitir el pujante fluir de un río de lágrimas. Se limitó a mirarlo. Y a pensar…

-“…Yo…no…”

-Sin trucos, Astrid. Quiero escuchar tu voz. –Dante sonaba firme, aunque sin rastros de ira.

-No tengo excusa. Abusé de tu confianza, mi Señor. Pongo mi vida en tus manos, como siempre lo ha estado.

Dante sonrió. No podía decir que lo sorprendiera el tono solemne de la chica. Había sido criada bajo los preceptos de una tradición milenaria. Pero algunas formas ya resultaban a todas luces anacrónicas. A diferencia de otros de su misma especie, Dante poco a poco se iba alejando de la liturgia vampírica. Era, cada vez más, un hombre común con poderes extraordinarios y algunos secretos.

-No respondiste mi pregunta…-insistió el vampiro.

Ella pareció desorientada. No esperaba la charla amable que estaba teniendo lugar, sino una muerte limpia y rápida. Esa muestra de piedad sería su recompensa a toda una vida de servicio fiel. Pero no.

Incapaz de pensar con claridad, contestó con su instinto.

-Yo vivo bajo tu sombra, mi Señor. No soy digna.

Dante volvió a sonreír, aunque esta vez de un modo diferente. No había picardía en esa mueca. Ni luz. Sólo una tristeza profunda y centenaria.

-No es ese el motivo, Astrid. No tiene que ver con cuestiones de jerarquías. No tiene que ver con que te vi nacer. Ni con la sangre, ni con la luz del sol. Es otra cosa…

Dante se detuvo. Hizo una pausa. Un instante de silencio cargado de sentido. Ella quería tomarlo de los hombros, rogarle que siguiera. Gritarle a la cara que necesitaba oírlo. Sentir en su cuerpo esa explosión de emociones que le provocaba su mera cercanía. Sin embargo, sólo calló. Y volvió a sumergir la mirada en su café olvidado.

-Astrid…-Dante la invocó con una suavidad que nada tenía que ver con el monstruo que se suponía era.

-Señor…-Un “Señor” apenas audible, pleno de sumisión.

-No puede ser porque no soportaría perderte.

Dicho esto, se puso de pie y acercó a ella. Tomó la cabeza de Astrid con delicadeza, las palmas abiertas sobre las mejillas de la chica. Los labios fríos del vampiro se posaron en su frente. Un beso suave, superficial. 

Luego se fue. Lo hizo sin prisa, dejándola sola en medio de un silencio con filo de daga. Paradójicamente, con más certezas que preguntas.

Maquinalmente, Astrid bebió un sorbo de café sin advertir siquiera que estaba helado.

 

         





     

75- El día después

Astrid despertó y se sintió ligeramente desorientada, sin entender bien dónde estaba. Con el paso de los segundos, el sopor se fue disipando y una oleada de comprensión comenzó a invadirla gradualmente. Reconoció uno a uno los muebles y su disposición. Los cortinados, que ahora estaban rebatidos permitiendo apreciar una hermosa noche estrellada. Entonces recordó y sintió en sus vísceras el vértigo de una caída vertical. Instintivamente y para asegurarse de algo que ya sabía, dirigió su vista al hemisferio opuesto de la cama: Vacío, como las cuencas de una calavera.

Un sentimiento de pudor y vergüenza se apoderó de ella. Imaginó a Dante despertando de su reposo, mirándola sin comprender lo que estaba sucediendo. No había explicación posible para justificar su conducta. Posiblemente estuviera en shock por lo de Lucas. Pero bajo presión su aplomo debía afirmarse para que su cerebro pudiera tomar el mando y hacer la diferencia. Qué había sido eso de desnudarse y acostarse en el lecho de su Señor? Qué esperaba? Ni ella lo sabía. Sólo tenía la certeza de que había hecho lo que sus impulsos le dictaron, y si bien ahora deseaba morir con todas sus fuerzas antes del oprobio de tener que mirar a Dante a los ojos, se había sentido de maravillas a su lado.

Se incorporó y salió de esa cama particular a la que toda su vida había observado con veneración reverencial. Ese altar se hallaba ahora profanado por su olor, por las arrugas que su cuerpo había dibujado en las sábanas blanquísimas. No había perdón posible para su desliz. Era una de esas acciones de las que no se vuelve. Una bisagra letal, que marcaría un antes y un después lleno de preguntas que a estas alturas no podían importar menos. Lo había echado a perder. Era un hecho.

La habitación estaba sumida en una penumbra gris, espesa. Una luna improbablemente redonda parecía rescatarla, en un ejercicio piadoso, de la ceguera absoluta. Astrid vio su bata de toalla colgada del respaldo de una silla, en un rincón cercano del recinto. Alguien la había levantado del suelo, donde yacía olvidada en un montoncito ajado. Se colocó la prenda, ajustando demasiado la tira de tela que hacía las veces de cinturón. La aflojó, dándose cuenta de que sus nervios no eran confiables aquella noche y probablemente nunca volverían a serlo. Con los pies descalzos caminó hacia la cocina, sintiendo hasta los huesos el frío de la cerámica del pasillo.

Dante estaba de espaldas. Vestía íntegramente de negro, su sello personal, y estaba preparando café. El aroma de la taza humeante la desconcentró: Era una sensación agradable en el medio de un tsunami de emociones encontradas. Sus esquemas perceptivos habían enloquecido como una brújula en el triángulo de las Bermudas.

Su Señor se volvió y sin mirarla a los ojos apoyó la taza sobre la mesa: No había una segunda taza. A los vampiros no les gustaba el café. Lo había preparado para ella, lo que en otras circunstancias podría ser leído como un gesto de inmensa ternura. Con parsimonia desesperante, se sentó en una de las sillas.

“…Café negro, con dos de azúcar. Sentate…”

Astrid escuchó al vampiro en su cabeza y se sobresaltó, aún cuando era algo cotidiano que se comunicaran de aquella manera. Con las manos temblorosas y esquivando los ojos de Dante, la chica ocupó la cabecera de la mesa y sumergió la vista en la negrura espejada del café.

Entonces Dante habló.



jueves, 22 de marzo de 2012

74- Amo y Señor

Lo sucedido con Lucas supuso para Astrid un golpe difícil de asimilar. Desde el principio había intuido en el niño algo especial. Desde el encierro de su autismo, proyectaba un coraje difícil de descifrar, una tendencia a lanzarse contra los molinos sin medir consecuencias que resultaba conmovedora. Cuando Dante lo trajo al hogar (si es que los vampiros podían tener uno), Lucas no estaba muriendo: Se estaba dejando morir. Había apagado el switch  del instinto de supervivencia. Tenía sólo siete años, pero albergaba el espíritu de un león dentro de aquel pecho enjuto. Era una fascinante caja de sorpresas. Pero en ese tipo de cajas hay sorpresas buenas, y de las otras.

Vestida sólo con una bata de toalla, sentada en la amplia cocina del departamento, custodiaba una taza de café que se había enfriado veinte minutos antes. Astrid sabía que la decisión de salvarle la vida había sido suya. Conocía a Dante todo lo que un humano puede conocer a un vampiro. Lo había condicionado (presionado?) para tomar esa decisión que durante más de dos siglos se había negado a tomar. Y había sido un terrible error. Todo se había desmadrado por su culpa, y sentía una culpa que le carcomía las entrañas.

Un monitor debe proteger a su Señor. Desde su nacimiento había sido entrenada para eso. Dante había ignorado todos los preceptos de su casta al elegir a una mujer para tan compleja misión y hubiese preferido morir antes que fallarle.

Cierto era que los tiempos habían cambiado y que en el siglo XXI un vampiro podría sobrevivir sin un monitor. Era en todo caso una tradición que los Señores de la noche no parecían dispuestos a dejar atrás. Y Dante la había elegido a ella. Todos sus recuerdos estaban impregnados de la esencia de su Señor, habitando su mente, proporcionándole sosiego en los momentos de desdicha, enseñándole siempre. Su padre, Monitor de Dante antes que ella, exhibía con orgullo esa condición y había sabido transmitírselo. Cuando Astrid aún una niña todavía, era frecuente que pasaran horas en la sala principal del piso de Madero sin decir palabra, y aún así manteniendo animadas conversaciones. La mente de Dante lo invadía todo como un rayo en la noche, desnudando oscuridades, irrumpiendo sin aviso ni recato. Astrid y su padre intentaban seguirle el paso, pero era inútil. Cuando la presencia del Señor se extinguía en sus cerebros, la llama que había amagado con crecer y multiplicarse volvía a ser la tímida chispa que intenta encender un leño húmedo. Hasta que la niña comenzó a convertirse en mujer. Con el desarrollo físico, el potencial psíquico de Astrid pareció dispararse. Cuando cumplió veinte años, ya podía comunicarse con Dante a kilómetros de distancia y ser ella la que estableciera el vínculo, algo que su Amo no había visto en un humano en sus más de doscientos años de vida.

Un año después su padre murió. Sin tiempo para duelos, asumió todas las tareas que competen a un monitor y desde el primer día estuvo a la altura de las circunstancias. Devoción, lealtad, sumisión, laboriosidad, discreción, criterio, veneración. Muchas cosas se esperan de un monitor según la Ley de los vampiros.

La palabra “Amor” no está escrita en ninguno de los renglones. Por eso cuando Astrid comprendió que estaba inexorablemente enamorada de su Señor, lo ocultó bajo un muro de concreto en el abismo más recóndito de su psiquis. Increíblemente, Dante nunca lo había percibido. Ella no podía permitirse ese sentimiento. Era una traición, una aberración, una blasfemia. Era incesto, desde una perspectiva extrema y algo retorcida. Pero definitivamente su admiración se había transformado en un amor que nada tenía de filial. Deseaba a Dante. Al (hombre?) que había sido, potenciado por la magnificencia de la inmortalidad, que no había hecho más que fortalecer sus valores transformándolo en un ser de una nobleza pura, magnética.

El asunto de Lucas la había desequilibrado. Se sentía fuera de foco, vulnerable y estúpida. Había sido débil en un momento en que se le exigía lo opuesto. Cuando el chico la ofendió con su procacidad hiriente, Astrid pudo sentir la furia de Dante. Su Amo la protegería mientras viviera. Y posiblemente, aún después.

Con un nudo en la garganta y varios más en el corazón, justo detrás de un par de pechos mágicos, se dirigió a la habitación de Dante. Eran apenas las diez de la mañana y más allá de los pesados cortinados de terciopelo, el sol castigaba sin miramientos el asfalto porteño. Caminó hacia el lugar indicado, ese que sólo ella y su Señor conocían, y accionó el dispositivo oculto. El sommier hizo el número que el público demandaba y se rebatió perezoso. El hueco quedó al descubierto, mostrando a un Dante muy pálido y completamente desnudo. Dormía con envidiable placidez. Su pecho no mostraba el esperable ritmo de la respiración. La fisiología de los vampiros nunca había sido estudiada. Para ello sería necesario aceptar que su existencia era algo más que la fantasía literaria de un escritor mediocre con algo de imaginación.

Astrid, al borde del llanto, dejó caer la bata sobre la alfombra. La prenda quedó hecha un ovillo a sus pies y su desnudez surgió plena: una explosión de vida en el paraíso de los sentidos. Se acercó al lugar en que Dante reposaba. Bajó un pie con cuidado. Al pisar el mullido colchón bajo el nivel del piso del cuarto, a punto estuvo de perder el equilibrio. Se rehizo, y bajó el otro pie.

Lentamente se arrodilló, para luego acostarse al lado de su amo en la penumbra de la habitación. Cruzó un brazo por sobre el abdomen firme de Dante. Su piel estaba fría, aunque era impensadamente suave.

“…Si despierta, probablemente me mate por esto. Y sabré que lo merezco…”

Apoyó su cabeza sobre el pecho del Señor vampiro. Se sintió a gusto. Más que en ningún otro momento de su vida.

Y se quedó dormida.         

jueves, 8 de marzo de 2012

73- Cooptación

Lucas pareció expandirse como una respiración, invadiendo el espacio personal de su víctima. La sed de sangre del chico era un mar de cristales rotos rasgando la noche, todo ímpetu y ardor. El vínculo psíquico fue devorado por el afán del predador, que tiñó sus pequeños colmillos de un carmesí peculiar, brillantemente oxigenado. El grito fue fugaz. Apenas un instante, una nota conteniendo la certeza del final inevitable y el horror de la última foto, que en este caso no sería otra que la de un puñado de árboles gastados en un rincón remoto e ignoto de una ciudad más gastada aún. Lucas mordía y desgarraba en forma desordenada. Primero el cuello, quebrado desde el momento del ataque. Cuando los cartílagos comenzaron a crujir entre sus dientes, dando cuenta de lo que no era más que un sorber infructuoso entre las arterias deshilachadas, siguió con el pecho. Buscó el corazón en una cirugía de trazo grueso, sin sutilezas. En pocos segundos, el torso del travesti era una masa informe de carne machacada. Sólo sus piernas marcadamente masculinas parecían haber sobrevivido al desastre, aunque Lucas ya llegaría a esa estación: Aún estaba hambriento.

“…No debiste dejarlo gritar…”

Lucas levantó la cabeza con la agilidad de un felino que  percibe un ruido cercano. Su boca era la de un payaso siniestro. La barbilla roja, destilando gotas perezosas. Los ojos amarillos. De quién era la voz potente y clara que había hecho nido en su cerebro? Aguzó su atención, y volvió a oír.

“…En un suspiro vas a tener a diez degenerados vestidos de mujer gritando como hienas. Los vas a matar a todos? Podrías hacerlo sin esfuerzo. Pero sabés que llamar la atención no es buena idea para un vampiro…”

El chico estaba de rodillas, hincado sobre el cadáver de quien ahora sólo representaba para él una bandeja de sobras. Se puso de pie con sigilo, expectante e intrigado, pero también furioso. No se trataba de un pensamiento captado al azar por el equivalente psíquico de la audición periférica. Era alguien que se estaba dirigiendo a él, que sabía lo que era y lo que hacía allí, y no estaba asustado. Dante? No. Era diferente. Muy diferente.

-Quién sos? –dijo lacónico, liberando su voz de niño de toda aspereza. Era posible que debiera pelear, y lucir como una criatura indefensa era una ventaja inestimable cuando la galera comenzaba a escupir conejos.

“…Los escuchás? No sólo los tacos en el asfalto. Sus pensamientos! Ya vienen. Van a encontrar a ese amasijo de tejido y a vos encima, haciendo sobremesa después de trabajar peor que un forense borracho. Sos peligrosamente torpe…”

-Soy muy poderoso! No te atrevas a insultarme! –bramó Lucas, sonando más ridículo que amenazante merced a la delgadez de su timbre. No obstante, Sus uñas comenzaron a crecer y encorvarse. Su cuerpo, adaptado por la misteriosa naturaleza de su linaje, se aprestaba para el combate.

“…Jajajaja –las carcajadas eran gotas de metal derretido adhiriéndose por dentro a sus sienes- Poderoso? No sos más que un pendejo resentido a quien el destino le hizo un regalo inesperado. Yo podría ayudarte a desarrollar tu potencial…”

La mueca de ira del chico se suavizó y una sonrisa socarrona nació en sus labios sangrientos. Era un gesto de suficiencia, casi de arrogancia.

-Y vos qué sabés sobre el potencial de los vampiros? –dijo desafiante, ante la negrura impersonal de la no presencia que le hablaba.

La figura de Gaspar surgió con parsimonia desde las sombras, revelándose ante los ojos incrédulos de Lucas, que percibió en un relámpago de lucidez el poder del Señor vampiro que lo observaba desde el rictus acusador de quien está dispuesto a escarmentar al insolente.

-Ya lo vas a averiguar. Vamos. Salgamos de este nido de ratas.

El niño agachó la cabeza y obedeció sin cuestionar, deponiendo su bravura ante la evidencia de su desventaja. Cuando los dos vampiros desaparecieron, el silencio y la soledad entraron en juego ávidos de carroña, adueñándose a mordiscones de cada rincón irregular de aquel rellano.

Antes de que el cadáver de la travesti terminara de enfriarse, la noche se transformó en una anécdota sórdida.  

jueves, 1 de marzo de 2012

72- Juegos en la noche



-Hola, chiquito. Estás bien? Qué hacés por acá a esta hora?

El tono de voz de la travesti era ligeramente femenino, combinación de una buena cantidad de hormonas de contrabando con cierto histrionismo desarrollado por la vida de quien entendió una vez que no era –ni quería ser- un hombre, a pesar de los decretos de la biología. Lucas levantó la cabeza y la miró con indiferencia. La estudió con suficiencia y un dejo de desprecio que la hizo sentirse, inexplicablemente, una mierda. El chico volvió a sumergirse en su mundo y la oscuridad pareció intensificarse, un caldero de negrura espesa, indescifrable. A pesar de ello, insistió.

-Estás perdido? Cómo te llamás?

Lucas seguía sin responder. Acostumbrada a deambular en un laberinto de sordidez, haciendo equilibrio en los márgenes en todos los sentidos posibles, era conmovedor -de un modo extraño, casi bizarro- adivinar un tono maternal en la voz de la travesti. Al notar que el niño permanecía ajeno a la situación, tomó su teléfono celular del bolsillo de la campera.

-Te acordás del teléfono de tu casa? Llamo al toque para que te vengan a buscar, si?

Oprimió uno de los botones de un aparato mucho más complejo de lo necesario, que devolvió una luz tenue y azulada al rostro exageradamente maquillado de la travesti. Cuando volvió a mirar al niño descubrió que sus ojos habían cambiado. Sus pupilas habían ganado un color amarillo vivo y parecían brillar. La miraba con una expresión que la hizo sentir que sus huesos se licuaban. Lucas se puso de pie. Era enjuto y apenas superaba el metro de estatura, pero había algo en él –además de sus ojos inexplicables, claro- que la aterrorizaba arrastrándola hasta las puertas mismas de la demencia. Quiso huir lejos de allí. Pensó que al hacerlo debería abandonar sus largas botas de quinientos pesos tras de sí, en esa noche sin sueño ni dueño. Se sorprendió al descubrir que no le importaba en lo más mínimo. No pudo mover ni un músculo. Estaba paralizada.

“…No te vayas. Quedate conmigo…”

No podía ser. La voz del niño retumbaba en su cabeza sin que él hubiese articulado palabra. Los fármacos que tomaba a diario para sobrellevar los rigores de esas noches en las que los dolores –físicos y de los otros- marcaban la agenda, le estaban pasando una factura sideral: Se estaba volviendo loca.

Lucas estiró una de sus manos y comenzó a acariciarle un pecho, que sobresalía desafiante entre los faldones desprendidos de la campera. La piel del niño era suave y estaba fría como una lápida de mármol. Sintió un rechazo radical, mezcla de asco y miedo. El chico extendió su otro brazo y jugó entonces con aquellos senos notoriamente asimétricos, fruto de una mala intervención casera que más temprano que tarde tendría complicaciones serias. Pasó las pequeñas yemas de sus pulgares por los pezones endurecidos producto del frío nocturno. Hasta que se aburrió.

“…Tus tetas no son lindas…” –una voz sin tonos, tan infantil como tenebrosa y procaz. 

Ella quiso decir algo. Tal vez excusarse. Preguntar. Protestar. Gritar y llorar también eran posibilidades concretas. Las más concretas de todas.

Entonces Lucas atacó, y ya no hubo tiempo para más.




 


domingo, 26 de febrero de 2012

71- Zona roja

La Costanera Sur se extendía por detrás del lujo frívolo de Puerto Madero, lamiendo el Río de la Plata con esa gigantesca lengua verde que alguna vez bautizaron como “Reserva Ecológica”. Un pastizal enorme y frecuentemente vandalizado por pirómanos o por simples estúpidos. La franja de asfalto que separaba aquella selva cuasi urbana de los rascacielos imponentes, se transformaba en la noche en una improvisada “zona roja” en la que los travestis imponían condiciones. Eran casi quinientos metros en los que hombres que parecían mujeres aún después de una revisión más o menos superficial, ofrecían sexo en múltiples (y creativas) variantes a cambio de unos pocos billetes. Se disponían organizadamente, a razón de uno cada veinte metros exhibiendo lo mejor que podían mostrar a la luz de los faros de los autos, presentando sus atributos desde su perfil más conveniente. Algunos desde una grotesca desnudez, cuya apariencia movía a cuestionar el orden natural de la biología humana.

La calle sobre la que trabajaban los travestis contaba con un boulevard generosamente arbolado que separaba ambas manos de circulación. La iluminación artificial era deficiente de por sí, pero considerando que la oscuridad era el medio ambiente en el que mejor se movían, las chicas habían destruido a pedradas algunos faroles estratégicos. Sobre el boulevard, entre los árboles frondosos, era una boca de lobo. Los travestis utilizaban ese sector como baño, para descansar o incluso para “atender” a algún cliente que se aventurara a acercarse a pie hasta allí, algo que claramente no era una buena idea.

La rubia exuberante, de pechos rellenos con silicona industrial al igual que sus labios más ridículos que sensuales, no había tenido una buena noche. Vestía unos shorts de cuero de imitación dos talles por debajo de lo que el buen gusto indicaría, unas botas negras por encima de la rodilla y una campera de jean azul, que llevaba desabotonada para que sus encantos más notorios lucieran con todo su esplendor. Ningún cliente en cuatro horas. Un par de veces la habían llamado con señas desde los autos, pero al acercarse sólo se trataba de jóvenes borrachos que sólo pretendían burlarse de ella. Nada que no fuera moneda corriente cada noche. Ya no era joven, ni flaca. Su cuarto de hora, su momento de gloria (modesto, mezquino e infinitamente triste) había quedado atrás.

Estaba cansada. Las botas le apretaban, provocando que sus pies latieran como corazones jóvenes. Decidió que era momento para tomarse un respiro. Abandonó la vereda y subió al boulevard. Casi de inmediato los árboles la devoraron y su silueta dibujada bajo la luz mortecina de la única columna en cien metros, se transformó en un recuerdo vago.          

Con un gruñido de alivio se quitó las botas y las arrojó a un costado con desinterés. Ya descalza, movió los dedos con pereza para desentumecerlos. Aflojó su short y lo deslizó hacia abajo hasta la mitad de sus muslos. No llevaba ropa interior. En su trabajo, ese tipo de prendas no eran más que una molestia. Se acercó hasta un árbol cercano y se encaró con su grueso tronco. Comenzó a orinar de pie, entrecerrando los ojos con evidente alivio. El orín resbaló generosamente por el tronco y empezó a alimentar un charco en el suelo. La rubia se mojaba los pies con su propio pis, pero pareció no importarle, ya que no se movió ni un centímetro de su posición. Sacudió su pene de buen tamaño un par de veces y volvió a acomodar sus prendas, con excepción de las botas. Antes de volver a salir al mercado, quería sentarse unos minutos en aquella zona de penumbra y descansar el cuerpo. Tal vez al renovar la energía podría encarar el resto de la noche con una perspectiva algo más optimista.

Buscó un árbol que pudiera oficiar de respaldo sólido, previo asegurarse que ninguna de las chicas (como ella había hecho segundos antes) lo hubiera utilizado para orinar. También chequeó al tanteo, ya que la oscuridad no permitía otra cosa, que no hubiera preservativos usados en el suelo. Se sentó, y sintió que cada célula de su cuerpo se lo agradecía. Tomó un cigarrillo del paquete ajado de Marlboro que llevaba en el bolsillo de su campera de jean.  Lo encendió y aspiró una larga bocanada de humo que contribuyó al sosiego de su pausa.

Fue en ese momento cuando vio algo que le llamó la atención. En un árbol situado justo frente al de ella, a unos diez metros, un niño estaba sentado en idéntica posición: La espalda contra el tronco, las rodillas flexionadas y los antebrazos apoyados sobre ellas. Se lo veía extrañamente sereno, y la miraba como ella él (acaso estaba en pijama?)

No podía entender lo que estaba viendo. Algunas veces los chicos de la calle se acercaban hasta allí, como si la marginalidad tendiera a aglutinarse, pero la actitud de aquellos era bien diferente. Eran agresivos, desconfiados o bien sólo buscaban distraerse de sus desventuras en noches que para ellos eran más largas que para otros. Este chico tenía algo raro. “…Raro mal…”, pensó.

Con cierta dificultad se puso de pie y aún sin calzarse las botas, se acercó a Lucas. 

jueves, 23 de febrero de 2012

70- Caminata nocturna

Lucas vivió su metafórico destierro como una reedición de su orfandad. Primero fue su madre la que partió sin avisar –nunca conoció al hombre que luego de una cópula más bien desganada, había contribuido a su concepción: Un error desde el origen mismo, por donde se lo mirase-. Desde su primer atisbo de conciencia como vampiro sopesó la idea de usar su poder para encontrar a aquel cretino y explicarle de qué se trataba la vida, de que los actos tenían consecuencias y que no se puede huir para siempre. No había urgencias. Ya llegaría a esa hoja del libro.

Había indulgencia sin embargo para con ella. Había hecho lo posible para darle lo que necesitaba. Madre en los albores de su post adolescencia, fue carne de una rebeldía a la que su personalidad moldeada en el confort de la clase media palermitana no había podido seguir el ritmo. Su creciente adicción a las drogas la dejaba fuera de concurso la mayor parte del tiempo. El autismo de Lucas generaba en su entorno la falsa sensación de que no percibía lo que pasaba a su alrededor. Un error doloroso con dos víctimas (fatales?). Pocos son capaces de abonar un amor no correspondido, de invertir en él. Pero el más trágico de los desencuentros es acunar un cariño desbordante, inmenso e intenso, y no saber cómo proyectarlo, cómo sacarlo fuera y convertirlo en ofrenda. Lucas, niño o vampiro, jamás fue capaz de un “…Te amo, mamá…”Aún si su desconexión con el mundo se hubiera tomado un hipotético respiro y le hubiese permitido dirigirse a su madre mirándola a los ojos, probablemente ella hubiera estado demasiado drogada como para disfrutarlo. O siquiera comprenderlo.

En la siguiente etapa de su vida, esa que lo sorprendía desgarrando cuellos humanos y durmiendo en un hueco durante el día, no podría decirle a su madre todo lo que la amaba. Era el ridículo planteo de una de las tantas bromas a las que el destino parecía afecto: cuando Lucas se sentía vivo como nunca lo había estado, ella estaba inexorablemente muerta.

En el momento que Dante irrumpió en la casilla del peruano, Lucas supo que todo cambiaría. Cuando lo rescató de las garras de una muerte miserable, una avalancha de cruda comprensión lo azotó sin miramientos. Aquel Señor vampiro había hecho mucho más que volverlo a la vida –una vida algo diferente, por cierto-. Había encendido la luz en su cerebro, que ardía con brillo creciente, su multiplicaba, latía. Se reproducía.

Respetaba a Dante. Sentía esa conexión filial que el misterioso libro del vampiro describía con tanta claridad. Su mente se había llenado de voces. Una pincelada de demencia que sin embargo se sentía agradable. Cuando logró poner negro sobre blanco, ordenar ese caos había sido tarea sencilla. Se dio cuenta que lo que Dante le había otorgado era un don maravilloso y se sintió superior al niño autista que había quedado atrás. Tuvo conciencia de su poder mucho antes que Dante al ser convertido por el Vizconde. Al probar la sangre por primera vez –no la sangre almacenada, rancia y apagada que la zorra de Astrid le ofreció con fingida afectación, sino aquella plena de vida que brotaba de una aorta desgarrada- nació su desprecio por los humanos. Raza débil. Mero alimento…

Dante leía sus pensamientos con una facilidad llamativa. Lucas intentaba levantar murallas para impedirlo, pero estas caían sin remedio. Su creador reía y él lo odiaba por eso. Pero más allá de los juegos, una etapa más de su entrenamiento, a Dante no le gustaba lo que percibía en el niño.

-No tenés que olvidarte de tu origen, Lucas. Un vampiro siempre será humano en algún lugar de su ser. No reniegues de ello. Para qué observar el mundo con un ojo si podés hacerlo con ambos?

Y el niño respondía:

-Acaso los humanos sienten ese respeto por otros mamíferos? Por los primates, de los que son una evolución? Por las vacas de las que se alimentan? Te respeto, Dante. Pero prefiero confiar en mi instinto, si no te importa.

Era increíble lo rápido que mutaba su inteligencia. Pocos meses antes, con sus piernitas delgadas y su cara sucia, incapaz de pronunciar palabra y ahora, con la osadía de trenzarse en un debate filosófico con un vampiro de doscientos años. Dante no lo tomaba en serio. Estaba seguro de que al final lograría imponer su perspectiva. Salvarlo de su muerte segura había sido un acto de amor. Un momento en la eternidad en el que la humanidad se abrió paso y prevaleció por sobre la arrogancia de los inmortales. Lucas, tarde o temprano, comprendería.        

También estaba el asunto de Astrid. La lujuria de un hombre en el cuerpo de un niño resulta ser una alquimia insidiosa. La pulsión sexual habita en la sangre de los vampiros como las lágrimas en los ojos de las mujeres. Irremediablemente, Lucas deseaba a Astrid, pero la maldita lo veía como un lactante.

Lucas la miraba deseando sus pechos, su boca, su sexo, mientras ella doblaba los pantaloncitos recién planchados del chico, su remera celeste. Lustraba sus zapatos talle 34 con cuidado maternal y pensaba “…Hoy le voy a comprar unas zapatillitas que vi por Santa Fe…”. Lucas hurgaba en su cerebro y se indignaba ante ese estúpido sentimiento edulcorado. Comenzó a odiarla en silencio como un novio despechado. Y mucho más desde el instante en que percibió que ella, en secreto e intentando matar esa emoción con todas sus fuerzas –podía sentirlo-, estaba enamorada de Dante.    

Se habían confabulado y lo habían echado a la calle como a un perro con el pretexto de la muerte de aquella niña a la que ni conocían. Ahora –sin él en la casa- podrían revolcarse como perros en celo. El podría demostrarle cuán viril era y ella disfrutaría como la puta que siempre había sido. Mientras caminaba solo en medio de la noche por las veredas exclusivas de Puerto Madero, vestido aún con su pijama –la situación en casa de Dante no dio para que dijera “…ya me voy, pero déjenme cambiarme primero…”- su furia crecía exponencialmente. Al fin y al cabo, no los necesitaba. Era un vampiro. Un Dios, prácticamente. Sus ojos comenzaron a ganar un tono amarillento. Debía controlarse. Vinieron a su cabeza las palabras de su mentor: “…debes pasar desapercibido. Un vampiro es fuerte en la noche, pero el día lo vuelve vulnerable. Aprenderás a convivir con esa paradoja…”

En medio de su deambular errante un impulso visceral, tal vez el más antiguo de todos, dijo presente: Estaba hambriento.  



jueves, 16 de febrero de 2012

69- Otra oportunidad.

Lo primero que Dante vio fue un reflejo violáceo que acudía puntual a su cita con la penumbra nocturna. Cerró los ojos. Sabía que la parsimonia de la tierra girando sobre su eje traía en esa ocasión algo implícito en su cabriola perezosa: La muerte para un inmortal. Por decisión propia, Dante liberaría al mundo de su presencia ignominiosa. Su alma era un campo de batalla en la que se trenzaban sus principios (humanos, por definición) con los impulsos que aquella maldita mutación había impregnado en su ser.

Sus padres y los padres de ellos habían sido humanos. Su linaje, hasta el principio de los tiempos, se definía por esa condición. Su presente, sin embargo, lo sorprendía vagando en la noche, acechando, persiguiendo a sus presas para beber su sangre. Cazando personas.

Y eso no podía continuar.

Cuando sintió el calor sobre sus párpados, la primera percepción fue placentera. Su cuerpo conservaba al parecer cierta memoria sensorial. Una naturaleza de primate diurno aún no extinta, que saludaba la alborada y la percibía como el contexto donde obtendría calor y alimento. No duró mucho esa caricia tibia que los ojos de Dante redescubrían después de cien años. Casi de inmediato, el sol le demostró que no simpatizaba con los malditos demonios nocturnos que se ocultaban de su presencia en agujeros infectos. Una metáfora gloriosa: El fuego sagrado obrando como la espada de Dios. Haciendo justicia.

La piel muy blanca del Señor vampiro comenzó a enrojecer muy deprisa, aún bajo su elegante vestimenta. Las pupilas revelaron el amarillo de la furia, de la caza, de la historia milenaria de su estirpe. Abrió la boca y sus colmillos largos como dagas vieron por primera vez el día en mucho tiempo. Una débil voluta de humo surgió de sus fauces. Su forma más salvaje se revelaba a la luz del día con un mensaje claro “…Ya no hay nada que ocultar...” Cuando la muerte acude, ningún disfraz es digno. Sólo lo era plantarle cara sin artificios, sin fachadas. El sol crecía entre el follaje. El proceso, inexorable, estaba en marcha. Sería cuestión de segundos.

-Mi Señor…-el monitor de Dante observaba la escena desde cerca, llorando como un niño.

-Vete!...Ahora! –gritó el vampiro con una voz (rugido) diferente. Muy diferente.

Dante recordaba cada palabra, aunque –odiándose por ello-seguía sin recordar el nombre de su vasallo al rememorar la historia.

-Si mueres, ellos ganan! –gritó este.

Qué había querido decir su monitor con aquella frase? Dante, en el apogeo de su agonía, giró la cabeza “…Qué dices?...” pareció preguntar con su gesto. Tal vez incluso lo inquiriera con su pensamiento, estallando en un festín de cristales rotos en el cerebro del criado.

Este simplemente apoyó una rodilla en la tierra y agachó la cabeza. Una señal de sumisión extrema. De respeto y obediencia. Apoyó ambas manos en su corazón y sólo pensó. Una manera de hablar que sería para su Amo mucho más clara que las palabras, en la confusión de sus últimos instantes.

-“…Ellos. Los vampiros malignos. Los hombres crueles. El mismísimo demonio…Señor vampiro, tus poderes o tus debilidades no te hacen indigno. Eres justo y magnánimo. Tu existencia, Dante, simplemente equilibra las fuerzas. Por favor, considéralo en tu sabiduría antes de que sea tarde para todo…”

Equilibrio. Justicia. Virtud. Sería posible que su monitor tuviera razón? Recordó al Vizconde y su impronta paternal. Pensó en Gaspar. Irremediablemente pensó en aquel vil traidor y tomó su decisión.

Se sentía débil, sin fuerzas, su cuerpo llagado y a punto de arder. Dante rugió una vez más, a un volumen capaz de matar un águila en vuelo, y rompió las cadenas como si fuesen de manteca.

-“…Ayúdame…”-proyectó con sus últimas energías psíquicas.   

Su monitor corrió hacia él y lo cubrió con una gruesa piel de oveja que había llevado hasta el claro del bosquecillo, con la esperanza de que algo como aquello ocurriera. Desafiando su propia fuerza física, cargó al vampiro con cuidado filial sobre la caja del carruaje de dos caballos con el que habían llegado hasta allí, sin dejar de llorar en ningún momento.

Mientras conducía a su Amo a un lugar seguro, una voz que había recuperado la templanza pobló su cabeza, con una calidez que distaba de convertirla en invasiva.

-“…Gracias, querido amigo. Aunque sigo sin estar seguro de que esto es lo correcto…”

El bisabuelo de Astrid eligió responder con un tono fuerte y claro, disimulando con esfuerzo la congoja de su voz.

-Lo es, mi Señor. Lo es…

     

sábado, 11 de febrero de 2012

68- Ser o no ser

Al amparo de la noche, Dante dejó el cuerpo de Lucía en la guardia del hospital de niños. Se deslizó entre la sombras y depositó a la niña sobre una camilla anónima de un pasillo más anónimo aún. Las enfermeras no tardarían en hallarla. El resto era rutina. La intervención policial, la constatación del deceso, la autopsia. Su madre –que la había estado buscando con desesperación desde el mismo momento en que la perdió de vista en un shopping populoso (“…estaba en los juegos y de pronto no la vi más. Fue cuestión de un segundo!...)- se enteraría a través de un psicólogo forense acostumbrado  dar esta clase de noticias, ahorrándose por piedad o porque así lo decía el manual, los detalles macabros.

En minutos, Lucía fue pasado. Pero no. Dante había sentido que con lo sucedido aquella noche un límite había sido atravesado. Como esas trampas en las que un ave se adentra en una jaula en pos de un señuelo empujando una pequeña puerta, pero cuando quiere regresar sobre sus pasos, la puerta no cede en el sentido inverso y queda atrapada sin remedio. “Inmortalidad”, decía el papel que el Vizconde había escrito en 1809 y que a la distancia lucía como un gran señuelo, tal vez el mejor de todos. Pero ahora Dante estaba dentro de la jaula y llevaba doscientos años pujando contra una puerta que no sólo no cedía, sino que se había desdibujado en la borrasca de los tiempos hasta desaparecer por completo de su vista.

“…No tenés más que sentarte en la terraza y esperar que salga el sol…”

Esa era la salida decorosa que Dante le había servido en bandeja a Lucas, cuando este dijo no soportar su condición de vampiro. El niño la había desdeñado desde el principio. Nada de poner la otra mejilla. Si el mundo sólo podía ofrecerle dolor, él le pagaría con la misma moneda. El que a hierro mata a hierro muere. Toma y daca. Ojo por ojo. La naturaleza humana no era noble. O si? Acaso no era ese uno de los grandes dilemas filosóficos que se tejían en la torre de marfil de los intelectuales, mientras en lo más hondo de este valle de lágrimas se vivía y moría sin tantos preámbulos ni cuestionamientos? Todo ocurría así, en un segundo. Lo que Lucas había tardado en astillar el cuello de Lucía.

Cuántas veces se había sentado Dante en la misma terraza que le ofreció a Lucas? O en tantas otras, a lo largo de un mundo que ya le había mostrado su peor cara, dejando en claro que las sonrisas o los guiños eran simples muecas. Sólo un burdo intento de maquillaje para ocultar una fealdad sin solución. Pero siempre, en el último instante, el impulso de la vida había sido más fuerte y había huido como un maldito cobarde a resguardarse en las sombras de las alimañas, de los muertos, de los monstruos. En una ocasión había estado realmente cerca. Lo suficiente como para oler –literalmente- su propia piel quemándose bajo un sol que antes de ser un Señor Vampiro consideraba una verdadera bendición. Había sido en Praga (o en Rusia? Aún la memoria más prodigiosa dejaba de ser confiable cuando se era inmortal).

-Encadéname aquí –le dijo entonces Dante a su monitor. Tampoco recordaba su nombre, aunque lo sabía bisabuelo de Astrid. De un modo extraño, todo lo que se relacionaba con ella brillaba con luz propia en su consideración. Una chispa de interés en lo que era una planicie de chata indiferencia. El propio Dante se preguntaba por qué le sucedía esto con su monitor. Un buen psicólogo encontraría la respuesta sin dificultad, pero los vampiros no hacen terapia.

Era en un rincón remoto de un bosque que a Dante le recordó desde el principio al que rodeaba la finca española del Vizconde. Su eterno vagar, su tendencia a no establecerse en un sitio fijo durante mucho tiempo, lo había llevado hasta allí. Sus dilemas, cuya raíz se amarraba con rigidez a sus entrañas, germinaron y florecieron en poco tiempo. Dante fue carne de la nostalgia y decidió un día acabar con todo.

Su monitor, luego de deshacerse en intentos para hacerlo cambiar de opinión, no tuvo más remedio que honrar su voto de obediencia y lo amarró con cadenas y grilletes de los brazos entre dos árboles centenarios. Dante quedó de pie, en cruz. Un Jesucristo blasfemo, pagando el precio de pecados propios y ajenos, intentando aliviar con su sacrificio la carga de sus culpas.

Entre los árboles amarillentos de un otoño de otro tiempo y lugar, comenzó a despuntar el alba.


    

jueves, 9 de febrero de 2012

67- Destierro

Los ojos de Dante desmesuradamente abiertos. Amarillo feroz. Colmillos largos, desinhibidos, dispuestos a desgarrar después de mucho tiempo. Descontrolados. Lanzado hacia delante en un embate salvaje, levantó en vilo a Lucas. La mano (garra) en su pequeño cuello. Un ruido sordo contra una pared cualquiera. Los piecitos bailando en el aire, a casi un metro del suelo.

-Estoy listo…Dante. Mandame con mamá…-balbuceó el chico, mientras el amarillo pálido de sus ojos se iba sin avisar y daba lugar a un castaño suave, incapaz de su reciente, gratuita crueldad.

Dante resoplaba con su animalidad a flor de piel. Toda la historia de los señores de la noche, todos los secretos hermanados con la malevolencia y el bestialismo, todo lo oscuro de un origen enclavado en un tiempo remoto, encarnó en el cuerpo y alma de un vampiro (paradójicamente) harto de derramar sangre.

-Maldito. Eso no era necesario!! –bramó- NO LO ERA!

-No me importa. Ni la nena, ni vos, ni yo. Quise hacerlo y lo hice. Esas son mis reglas. Hacé lo que tengas que hacer –y completó su idea con un mensaje telepático, de modo que Dante fuera el único que lo escuchara- “…o seguí siendo débil: Sos una vergüenza para tu especie…”

Dante lo soltó y Lucas, lejos de caer pesadamente, aterrizó sobre la alfombra con sus piernas ligeramente flexionadas. La gracia de un felino en perfecta forma.

-Es de noche. Quiero que te vayas inmediatamente de aquí. Estás por tu cuenta. –Señaló a la ventana con un índice cuya uña se había curvado hacia abajo como la garra de un predador- Si allí fuera volvés a equivocarte, yo lo sabré. Y te daré lo que tanto decís anhelar. Será el momento de dar solución al peor error que cometí en doscientos años.

Sin despegar los ojos del rostro de Dante, Lucas se dirigió a la salida con premeditada lentitud. Al pasar por delante de Astrid, humedeció sus labios con una lengua desproporcionada para su tamaño. Un gesto lascivo, con un mensaje mental que la monitor se llevaría a la tumba “…ya vamos a jugar vos y yo. Creo que podrías enseñarme un par de cosas, puta…”

Dante lo escuchó como si hubiera gritado y la advertencia llegó desde el fondo de su voz cavernosa.

-No abuses de tu suerte. Andate en paz, mientras puedas. Ya no sos bienvenido aquí.

Lucas llegó a la puerta blindada del piso y accionó el picaporte. Estaba cerrada. Astrid se apresuró a buscar las llaves que reposaban sobre el escritorio, pero no fue necesario. El niño golpeó la puerta con el codo, dándose ánimo con un grito agudo. La pesada hoja cedió con ridícula facilidad. Antes de desaparecer, le dedicó a la pareja una mirada de desprecio que acompañó con una sonrisa glacial, cargada de rencor. Aquella definitivamente no era la sonrisa de un niño. En un segundo, Lucas fue un mal recuerdo.

El silencio que sobrevino era una niebla densa en aquel ambiente que se había tornado opresivo. El cadáver aún tibio de Lucía seguía en el sillón, con la cabeza en un ángulo antinatural. Sus sueños infantiles se evaporaban, uno a uno, intentando un refugio póstumo tras los adornos frívolos de un piso anónimo de Puerto Madero, apenas medio instante antes de extinguirse para siempre. La desazón, la tristeza de Dante y Astrid no encontraba un fondo para su caída. Se abrazaron y así permanecieron por un tiempo difícil de medir, de rotular, de asimilar.

Aquella noche Dante creyó comprender, bastante tarde por cierto, uno de los “por qué” del plan divino del que los jesuitas le habían hablado durante su instrucción en la Buenos Aires colonial. La finitud de la existencia de los hombres tenía un sentido, siempre misterioso, que ahora se le revelaba como una verdad transparente.

La vida terrenal era corta, porque de prolongarse, el alma humana sería incapaz de soportar tanto dolor.