Era un caserón de estilo colonial
en la parte más antigua de San Telmo, allí donde coquetea con Barracas y sus
fábricas, esas que al caer la noche se convierten en mausoleos desangelados. Un
portón automático se rebatió lentamente y Astrid condujo el vehículo hasta el corazón
del terreno: un patio semicircular con dársenas para estacionar en su
perímetro. Sólo había dos o tres autos, invariablemente importados y de alta
gama. Abrió la puerta del auto y antes de que apoyara sus zapatos nuevos sobre
los adoquines húmedos, un hombre anciano de impecable traje oscuro y sonrisa
clara, se aproximó servicial.
-Permítame ayudarla, Señora –extendió
su mano y sostuvo la de ella hasta que hubo de incorporarse por completo. Luego
cerró la puerta del auto con delicadeza-. El Señor Dante la aguarda. Sígame,
por favor.
Astrid agradeció con
indisimulable timidez. No estaba acostumbrada a tanta ceremonia y se sentía
extraña. Caminó detrás del anfitrión rogando no caerse de aquellos tacos:
Desplazarse sobre ellos suponía para ella poco menos que una acrobacia. La
iluminación de la mansión era más bien mortecina, pero se trataba de un efecto
intencional que intentaba con éxito reproducir una época en que lámparas de
aceite o los clásicos candelabros eran el único recurso disponible.
El recorrido se le antojó algo
extenso a Astrid, ya que incluyó varios pasillos y una escalera de mármol de
dos tramos que los llevó a la planta alta de la construcción. Una nueva odisea
para sus zapatos tan pretenciosos como disfuncionales. Finalmente, aquel hombre
amable se detuvo frente a una impresionante puerta de ébano tallada en relieves
superpuestos. Una obra de arte parida por manos hábiles y antiguas, en un
contexto en el que cada objeto lo era. El anciano accionó el picaporte y le
franqueó el acceso.
-Adelante, Señora.-dijo el
hombre, y una vez que Astrid avanzó, cerró la puerta detrás de su humanidad
rojo fuego, dejándola a merced de una gran sala cuya inmensidad pareció devorarla. En otros tiempos, pudo
tratarse tranquilamente de un salón de baile.
El lento “clip-clap” de los tacos
reverberaba en aquel estruendoso silencio. De pronto, una voz conocida irrumpió
en su cabeza.
“…Por aquí…”
Astrid aguzó la vista y la
dirigió por instinto hacia el rincón más alejado del salón, una mesa redonda,
mantel negro, coronada por un candelabro de tres velas. Prácticamente
confundido con el entorno, Dante estaba sentado en un cono de sombra, de
espaldas al ángulo que formaban las dos paredes y casi rozando los cortinados
con uno de sus hombros. Vestía uno de sus trajes negros, esos que tantas veces
ella había acondicionado con esmero. Se acercó sn saber bien qué esperar.
Cuando estuvo a centímetros de la posición de su Señor, se detuvo. Los pies
juntos, como una colegiala frente al director de la escuela. Una sonrisa sin
dientes, buscando una aprobación que no tardaría en llegar.
-Estás espléndida, Astrid.
Sentate, por favor.
Dante no se puso de pie para
correrle la silla. No fue por descortesía. Estaba esforzándose por encajar en
un rol al que no estaba acostumbrado y no le estaba resultando sencillo.
Aquella noche todo sería ensayo y error, pero aún así el vampiro confiaba en que todo llegaría a buen término.
Ni bien Astrid ocupó su lugar, un
mozo apareció de la nada y puso por delante de ella un suculento plato de lo
que parecía ser langosta o algo similar. En su copa, vino blanco. Astrid
agradeció con una inclinación de cabeza. Dante bebía agua fría en una elegante
copa de cristal.
-Me tomé la libertad de elegir
por vos. Es centolla chilena. Un manjar. Eso dicen, al menos.
-Gracias, mi Señor.
Ella comenzó a comer sin levantar
sus ojos del plato. Sólo un par de bocados, de momento. Tampoco tocó su copa. No
creía que el alcohol fuera a ayudar en una situación como aquella. Estaba
nerviosa. Sentía que su corazón era una coctelera sin control y se esforzaba
por evitar que eso resultara evidente. De todos modos sabía que su intento estaba condenado al fracaso: Era lo que sucedía cuando se tenía enfrente a un ser capaz de recorrer las mentes ajenas como si se
tratara de dar un paseo en una tarde soleada.
-Astrid, no tenés por qué
preocuparte. Esta invitación no tiene que ver con algo malo. Todo lo contrario.
Entonces introdujo su mano muy
blanca en el bolsillo interior de su saco y con gesto reverente apoyó una
pequeña caja forrada de terciopelo rojo sobre el mantel. Luego, con la punta de
sus dedos, la deslizó hacia la chica unos pocos centímetros.
-Qué es esto, Dante? –preguntó
ella más asustada que sorprendida.
El Señor vampiro sonrió con un
dejo de vaga tristeza.
-Esto, querida mía, es un nuevo
comienzo.